1
Jueves por la tarde, pero mañana es fiesta. Como si fuera viernes, miércoles o lunes, porque le invaden las ganas de trabajar de la misma forma que lo hace cualquier sobremesa. No es sólo cuestión de haber deglutido los treinta y tres tuppers que mamá le ha preparado para hoy, sino que una cuestión térmica dificulta en particular su labor trabajadora. Esta tarde, la oficina sería un buen lugar para domadores de pingüinos o fabricantes de hielo, pero nunca para un desabrigado periodista. Hoy nuestro héroe, el legendario redactor jefe de CV20, jefe sólo de sí mismo, tiene más difícil de lo acostumbrado el rellenar sus setecientas cotidianas páginas.
Un cosquilleo invade sus manos. Un desagradable picor recorre sus dedos. Como pequeños roedores, como musarañas, sus extremidades se rebelan, imposibles de dominar, incapaces de acercarse al teclado. Un desagradable frente polar penetra por la ventana, el aparato de calefacción, con severos trastornos de personalidad, se ha travestido de aire acondicionado y el calor humano escasea, no así el frío que desprenden los gélidos espectros de sus ex compañeros, despedidos todos ellos por su demencial carrera por ascender. El plan le salió mal: pensó que serrar suelos ajenos le haría llegar a la cumbre de esta poderosa empresa. Pero en la cumbre se halla, inexpugnable, su jefe, tan asentado en las alturas como el Yeti y con la misma disposición al trabajo que éste.
Pero no es esto sólo lo que le preocupa, lo que le turba, lo que le impide cualquier atisbo de concentración. Y no es porque haya inhalado pegamento, fumando cannabis y esnifado unas lonchitas a lo largo de la mañana. Es que esta noche tiene cena, y no es una cena cualquiera, como reza la canción. En unas horas se enfrentará a una mariscada. Siempre acogedora, familiar y cariñosa, la mariscada aguarda entre hielos, acuarios de restaurante (insoportable levedad del bogavante), desprevenida, dejándose seducir.
Obvio es decir que el mítico redactor jefe de CV20 no pagará, tampoco, esta mariscada. Tampoco esta vez será sobornado por vía culinaria, y perdón por esta frase, por algún posible cliente. No, es la sangre la que le une, la que le llama, reclamándole desde el producto marino. De nuevo el Puma, el legendario Puma, convoca una reunión de huevos, sienta a su alrededor a sus más frecuentes admiradores, que escucharán jovialmente lo que conlleva ser Puma, lo difícil que es representar al sempiterno felino venezolano. En un ambiente amistoso, repleto de alacridad y, sobre todo, apetito, engullirán un plato tras otro, hasta que el estomago doble.
Pero esta noche, que ya de por sí se presenta así tan repleta de alicientes, cuenta con un morbo más. No quién vomitará antes, o con quien la tomará el Puma, con sus afiladas y llenas de langostinos garras. Esta noche no sólo no sentarán a un pobre a la mesa, sino que habrá otro tipo de gremio representado.
2
Pese a lo que algunos se empeñan en afirmar, se cuida. Tras un severo proceso de desintoxicación, provocado por lo preocupante de su irrefrenable adicción y, todavía más, por su notable sobrepeso, Josemi ha dejado los gofres. Ya no es una lucha entre él y las empresas belgas por ver quién podía más, si él consumir sin cesar, si ellos ver saturadas las fabricas por exceso de demanda. Ahora corre, nunca repite a los postres e incluso, cuando ha de dar clase por la tarde, trata de pedir verdura. Tal adelgazamiento, aunque le hace menos desagradable para los que le rodean, también le ha quitado encanto. Él lo sabe. Pero me siento mejor, no sé, más ligero, afirma, mientras en el fondo de sus ojos se adivina la nostalgia por los dulces. Chocolate, flanes, arroz con leche y tofee, el mítico postre Danone que encerraba en 125 gramos 6300 calorías brillan tras su mirada, agazapados.
Ingeniero de torva mirada, profesor de apariencia discreta, sólo torna loco al sentir el olor a panceta. Detrás de sus gafas de pasta no es difícil hallar un afán pederasta. Eso es lo que cuenta la leyenda sobre él, lo que sólo comentan sus amigos, los más íntimos. Esos que no le imaginan en una facultad como la de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, dando clases a alumnos y, sobre todo, alumnas, con edades comprendidas entre los 18 y los 57 años (nunca fue una carrera fácil). Eso mismo está haciendo esta tarde. Él no puede perder el tiempo, son muchos los ojos que le contemplan, esperando que sufra un ataque de priapismo o una enajenación mental para castigarle sin piedad. No en vano es el profesor, y cualquier asomo de debilidad sería de inmediato percibido. Si ellos supieran.
Josemi, esta tarde, está de buen humor. Un día más sin que Carlota de Mónaco anuncie su compromiso le hace feliz porque, en el fondo, él es así. Aunque le deslumbre la magia de las matemáticas, y a veces parezca un ser frío y calculador, nada le interesa más que ese tipo de pequeñas cosas. Y hoy parece un día repleto de ellas. Nadie le ha tirado granos de arroz al darse la vuelta en clase, una joven alumna se ha dirigido a él reconociéndole su condición humana y, sobre todo, saldrá pronto de la facultad y podrá echarse la siesta. Eso le puede. Nada como envolverse en treinta y siete mantas, cerrar las persianas de su cuarto y, tras acariciarse de manera frenética y precipitada, quedar dormido. No es preciso eyacular: su semen es lo más sagrado del planeta, y por eso lo almacena como haría un viejo enólogo con sus mejores botellas. La cosecha de Josemi data del ochenta y cinco, momento en el que notó por primera vez que algo sucedía en su entrepierna mientras Fernando Martín anotaba un gancho a tablero.
Pero antes de dormirse, esta vez, emitirá un último gemido pensando en la cena de hoy. Fantaseará, por última vez antes de entregarse al sueño, con los percebes que en un rato almacenará su panza. No soy primo del Puma, piensa, pero me lo merezco.
3
Nunca serás nada, hijo mío, le decían todos los que le querían cuando era pequeño. Su extraordinaria torpeza, una visión tan escasa que le asemejaba a un topo y el pequeño tamaño de su cuerpo en el plano vertical, pues de horizontal siempre anduvo bien sobrado, estampaban de esa forma la figura del perfecto cachivache. Pero un día de verano, cálido verano, absolutamente ebrio tras ingerir treinta pintas, Miguelín vio la luz. Sin saber por qué, su oscuro pelo se transformó en pelirrojo, empezaron a poblar su faz las pecas y, sin comerlo pero sí bebiéndolo, notó como la sangre irlandesa acaloraba sus venas. El fenómeno no quedó ahí: creció cuarenta centímetros en apenas una hora, el mismo tiempo que le procuró ser capaz de hablar a la perfección cualquier dialecto dublinés.
Hace ya mucho de esa fantástica noche; pecas, pelo y acento desaparecieron con el paso de los años. No menguó su tamaño, lo que ya constituye un éxito, y conservó la envidiable capacidad para asimilar de la mejor manera el alcohol. Mas algo cambió en su interior. No volvió a ser un cachivache, se transformó en un manitas, ejemplar trabajador e, incluso, logró frenar la ceguera. Tamaña transformación le había convertido, ahora, en el clásico buen mozo: alto, guapo y abundante pelo en pecho. Ocupa sus jornadas, alternativamente, en un duro trabajo, una encantadora novia y su Playstation 2. Hoy toca lo primero y, lo que es aun peor, mañana por la mañana igual. No importa lo más mínimo, piensa, será cenar y poco más. Tan ignorante como confiado, Miguelín no sabe lo que les espera.
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